Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra


Manifiesto fundacional del Instituto del Tiempo



«No necesitas un hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento»
Bob Dylan, Subterranean homesick blues


Porque ya casi no nos queda tiempo, necesitamos todo el tiempo del mundo.
Bajo esta aparente contradicción vive el rebelde en la era del ocio alienado, el chaval jodido por todo y que ya no se contenta con casi nada, los nuevos quinquis, aquellos otros viejos ladrones del tiempo perdido y casi olvidado, los que aman la literatura pero detestan la mugre literaria; pero también los deleznables intelectuales y los artistas atrapados en su cosificación cultural (el medio terminó por enterrarlos), los profesionales de la política en todos los frentes, los gestores de la descomposición. Ellos y, por supuesto, también nosotros, pequeños cosmonautas que vagan a través del tiempo y el espacio, somos parte de esa contradicción. Nuestro tiempo habla. O se es, o se sucumbe.
¿Dónde habita el pensamiento crítico? En un momento de crisis, que es de largo recorrido y de un carácter mucho más profundo que el meramente económico, no parece aventurarse una alternativa claramente anticapitalista, poderosa y capaz de contagiar. Ha habido momentos de choque, pero no ha llegado a entablarse un verdadero combate. El futuro a buen seguro nos deparará nuevas situaciones de conflicto, nuevas posibilidades. Hoy estamos en el momento de la crítica crítica, de la experimentación salvaje y el ir tejiendo complicidades y lazos, alianzas. Sin embargo, parece que la anomia nos ha dominado precisamente en el momento en el más se debía escuchar esta voz. La mayoría del pensamiento que se dice crítico se esconde o recita de corrido su manual subversivo al uso, cuando no pide a los señores de la muerte que nos salven de sí mismos. ¿La crisis que la paguen los ricos? Miseria tras la miseria, juego y ñoñería.
Faltan las respuestas. Pero quizás éstas no llegan porque las preguntas a las que acaso habrían de contestar no han alcanzado a formularse. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje en el que nos sentimos cómodos y a un hacer que se deja llevar en una suerte de fetichismo que está abocado (si no consigue despegar las alas y ser algo más que repetición) a la desesperación, la reinserción y la museificación. Se huele de lejos: el viejo cadáver del estalinismo se ha transformado en el cadáver temprano de unos rebeldes que se sienten satisfechos. Han renunciado a todo, aunque de vez en cuando protesten y se paseen con gesto sombrío. Teoría y práctica caminan sin hablarse o, peor aún, entran en una espiral de manotazos que golpean el aire sin acertar sus objetivos.
Y sin embargo, se mueve.
Al mismo tiempo que constatamos que se ha llegado a un punto muerto, apreciamos una inquietud creciente, una búsqueda incansable de algo que quizás sólo se intuye, pero que muchos consideran imprescindible. A poco que se interrogue en ciertos ambientes se constata esa sensación. El metro, la calle… sus rostros hablan.
Hoy, en este lugar, damos por inaugurado el Instituto del Tiempo.
Ya casi habíamos olvidado el momento de juntarnos y discutir. Por esta razón, en medio de esta ciudad que deseamos ver sucumbir piedra tras piedra, hemos decidido hacernos con una mesa amplia, de duro roble, y bajo la luz de un foco que nos es común (la desviación) extender el mapa y fijar objetivos… Con esa intención nace un proyecto que aspira a ser y estar vivo, el Instituto del Tiempo.
El Instituto del Tiempo es una plataforma abierta, a todos aquellos que viven esa contradicción y quieren extraer de ella todas las consecuencias. ¿Cómo contactar? Nos veremos en los actos que organizaremos, podremos charlar y debatir, pensar y repensarlo todo, empezar de cero o deslizarnos hasta los confines. Es fácil. Se llega, se conoce, hay un intercambio. Uno también se va, pero ya se lleva algo. To-do es de to-dos. No pretendemos ser gurús, ni tampoco demiurgos, simplemente buscamos un nuevo espacio, no sólo físico, en el que poder movernos e invitamos a aquellos con los que compartimos el dolor y la rabia, pero también los sueños y los deseos a compartir algo más, algo que que habrá de descubrirse.
El Instituto del Tiempo nace al calor de la experiencia, la práctica, la risa y el hastío. Su objetivo es fomentar una comunicación y un debate directos y continuados, porque sin ellos no se puede fundar una práctica y mucho menos llegar a creer que se pueda incidir en la realidad. El Instituto del Tiempo es un espacio de encuentro, reflexión y motivación. Hasta ahí llegan sus pretensiones, ni más ni menos. No es ni puede ser un motor, sino algo más modesto, un crisol en el que reunir experiencias. Que esas experiencias se expandan y activen la práctica revolucionaria a todos los niveles es un deseo, nuestra aspiración, pero esa aspiración no habrá de concretarse sino con el propio desarrollo de la creación colectiva.
Hacia la consecución de esa creación colectiva nos dirigimos, partiendo de unos puntos que habrán de completarse, modificarse, abandonarse o incorporarse según el propio movimiento que se fijen el deambular del Instituto. En este sentido, el programa, necesariamente temporal y ampliable, de investigación y experimentación del Instituto del Tiempo puede resumirse en cinco líneas que se entrecruzan, confluyen y se expanden.
Aventura. La aventura es descubrimiento y es acción. Descubrimiento de uno mismo. Descubrimiento de nuevas relaciones entre los seres humanos y entre éstos y las palabras y las cosas y los actos. Frente a un mundo que ha desterrado lo maravilloso de la vida y lo ha sustituido por ceros y unos creemos que es imprescindible un reencantamiento del mundo que cargue la vida con todo su potencial. Acción que dote de sentido a las palabras en una época en la que éstas han pasado a ser rehenes del enemigo. Necesitamos instrumentos con los que abrir una brecha y dotar de significado a lo que ha sido despojado de él. Es imprescindible arriesgarse.
Mito. El capitalismo y el Estado, en todas sus formas posibles, se han erguido victoriosos derribando a los demás sistemas de creencias (religiosas e ideológicas) o incorporándolos a su seno. Pese a su glorificación de la ciencia y la razón no dejan de basarse en una construcción mitológica de la realidad, apoyada en un esfuerzo propagandístico sin precedentes que lleva a que, inconscientemente, interioricemos y asumamos como natural esa (su) construcción de la realidad y a menudo no cuestionemos sino los aspectos más superficiales de la misma. Hay que captar las imágenes dialécticas que fijen los momentos y conceptos clave que permitan desentrañar y desacralizar los mitos del enemigo. Entonces se habrán de construir nuevos mitos, fundados en unas perspectivas radicalmente distintas que se contrapongan a los del capitalismo y el Estado.
Tiempo. Afirmamos que el tiempo corre en nuestra contra en todos los sentidos. Debemos aprender a movernos en él en una dimensión distinta a la que nos aseguran que es la única posible, desechar de una vez el erase una vez y borrar las distancias para traer al ahora tanto las imágenes del pasado como las chispas del futuro. El conocimiento de la historia, tanto la de las tentativas por torcer su rumbo como la de las relaciones que han conducido a este presente, desde una perspectiva ajena al academicismo, la nostalgia y la rememoración es vital para cualquier tentativa de superación del presente, como lo es también tener la capacidad de anticipación utópica que nos permita no diseñar el futuro pero sí traer destellos de una vida liberada a un presente que todavía no lo ha sido para así llegar a alcanzarlo.
Espacio. El espacio ha sido colonizado hasta el último de sus rincones. El capitalismo se ha apropiado de todo lo material para reducirlo, acotarlo y comercializarlo. Pero también el espacio virtual, el espacio que no se halla en ningún lugar, y los saberes están sometidos en todos los sentidos a la ordenación geoestratégica y la reducción mercantilista. Nada nos pertenece, incluso nuestros cuerpos son hoy espacio que sólo nos es cedido en usufructo por el Estado, pudiendo sernos arrebatado. Medicalización y psiquiatrización son instrumentos de control del espacio en nuestras carnes y nuestras mentes. Luchar por el territorio, liberar espacios, liberar los cuerpos son prácticas y son batallas que hay que librar. Es necesario investigar sus diferentes caminos, sus posibilidades, sus límites y sus objetivos últimos, así como plantear nuevos campos de experimentación, sin olvidar que muchos de ellos también han sido colonizados.
Utopía. El objetivo último es apuntar a lo lejos, a lo todavía no sido. No nos basta (¡ya no!) con desenredar la telaraña de mentiras y falsificaciones en la que vivimos, eso se ha mostrado insuficiente, queremos fomentar la creación de un imaginario colectivo que alimente el pensamiento utópico y su inmersión radical y furiosa en la realidad. Llevar a cabo una cartografía de los deseos y de la revuelta que plantee preguntas y marque objetivos para poder abrir grietas en el entramado de la realidad. En este sentido, la ciudad todavía es nuestro campo de batalla. Es en ella donde nos movemos y actuamos, es en ella donde se concentran los centros de poder que se han de derribar y es en ella donde se ha de realizar la transformación que finalmente la destruya. Creemos que la investigación, la experimentación, el pensamiento rebelde, la crítica y la revuelta sólo tienen sentido si están animados permanentemente por el espíritu de la utopía, aunque éste no siempre se haga visible. Habita entre las sombras pero siempre busca la luz. Hoy la utopía no tiene un final programático, sino sólo un delicioso comienzo que nos habla y nos dice: "A ver qué sucede…"


Comité constituyente del Instituto del Tiempo
Madrid, Fin del Mundo. 6 de febrero 2010

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