Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra


Aviso de la llegada de una inestabilidad generalizada en todo el país



Fax enviado por el instituto del Tiempo al Centro Nacional de Meteorología en el que se advierte de la llegada de fuertes inestabilidades que afectarán a todo el país.

Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Una llamada a la movilización total

Un tipo entra en un banco y dispara sobre varios empleados. Poco antes, ha hecho lo mismo en el interior de un bar cercano, vaciando el cargador de su escopeta sobre su jefe y también sobre el hijo de éste. Más tarde, un reportero cuenta lo sucedido mirando hacia una cámara colocada a las puertas del banco: "Al parecer estaba a punto de ser embargado y desahuciado", afirma. Al día siguiente el asunto inunda las tertulias. Prácticamente todos los comentaristas condenan lo sucedido, buscando la explicación en algún tipo de problema mental. Apuras el café y, cuando estás a punto de irte, escuchas a un grupo de currelas que dicen: "¡No te jode, lo que pasa es que estaba desesperado!", dice uno de ellos; "¡cabrones!", añade otro.
Tiempos nuevos, tiempos salvajes.
Lo sorprendente de esta época y de todos estos acontecimientos relacionados con la crisis no es el derrumbe de toda esperanza, sino que nuestra paciencia (aún) no se haya agotado. Somos caballos de carreras, izquierdistas acostumbrados a estar satisfechos con nuestro modo de vida. Somos el siguiente tesoro, la montaña que conquistar (las elecciones, amigos, las elecciones).
Estamos asistiendo, sin duda, a la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial o del crack de 1929. El futuro mediato, o el presente que ya estamos viviendo, es la violencia entre quienes estamos padeciendo sus crisis (una pintada que apareció en la fachada de la Fnac de Madrid durante la pasada Huelga General decía acertadamente: "600 euros es violencia"), la falta de solidaridad, el miedo a perder el curro pero también el miedo al otro, la soledad, la medicalización total y los antidepresivos como el nuevo tótem, los suicidios y las acciones suicidas. O quizás no, porque el único camino posible pasa por negar la totalidad, un gran rechazo al sistema, a los sindicatos y las instituciones, negar el auxilio a los bancos, pero también a la clase política sin excepciones. Los bancos se unen para así ser más fuertes, mientras que aquellos que padecemos la crisis nos aislamos unos de otros viviendo el drama en el interior de unas casas cada vez más endebles pero, al mismo tiempo, también más blindadas.
El tiempo se agota. La precariedad se encuentra ya instalada en nuestras vidas. Precariedad en el trabajo (cuando malamente lo encontramos). Temporalidad en las relaciones afectivas (internet como pseudovida a distancia). Hemos perdido el control del tiempo y de los tiempos. Más aún: hemos perdido todo control. Es inútil hacer planes, salvo para los bancos, entidades acostumbradas a planificar la longevidad de su capital, porque el crédito es ganancia futura y el dinero ingresado (nuestros salarios) movimientos del capital y especulación. Temporalidad y filosofía barata, una nueva teología poblada de palabras como "liquidez", "mercados" o "burbuja".
Habitamos un Tiempo ya instaurado. La lucha por el tiempo libre del trabajo esconde la quimera del propio tiempo libre. Por eso, cuando los trabajadores y todos aquellos que están camino de serlo, o al menos de intentarlo, recibimos la noticia del aumento en la edad de jubilación, inmediatamente sentimos que se nos había impuesto una nueva condena; sentimos que nuestro mundo -construido a base de creencias acerca de la intocabilidad de ciertas cosas- había sido dañado. Otros, aquellos que sólo han conocido crisis toda su vida, sonrieron y dijeron: "Bienvenidos al club". Acostumbrados a vivir con lo puesto, imaginarnos nuestra vida dentro de diez o veinte años parece un imposible. El trabajo asalariado es la muerte en vida, porque todo alargamiento de una actividad cada vez más miserable y precaria tan sólo conduce a la medicalización generalizada. Somos el último ejército, un ejército en medio de un estado de excepción y que sólo es movilizado cada cierto tiempo para votar a unos jefes a los que perdimos el respeto hace ya tanto tiempo, o para acudir en masa a eventos deportivos y fiestas de turno. Los hombres y las mujeres se parecen mucho al tiempo que habitan. Y en esta época de miedos, muchos han sentido pánico.
Compañeros, ¡no queremos que la vida se nos vaya pensando qué hacer con nuestro tiempo! porque la única certeza que tenemos es que ya casi no somos dueños de nada. Queremos sentirnos vivos de verdad. Contarlo todo, discutirlo todo, destruirlo todo para construir otra vida y no esta forzada supervivencia. Cuando el tiempo es alienado, ese maldito tiempo se convierte en una maldición y de esta forma, convertida ya en la Gran Ideología de la época, sentimos que el tiempo, nuestro tiempo, nos es arrebatado. Es preciso detener la máquina, pero todavía es más urgente que nos detengamos todos. Mientras tanto, sumamos los días para que, sea como sea y al precio que sea, pasen rápido.
Nada volverá ya a ser como antes, pero nosotros tampoco deseamos que las cosas vuelvan a ser "como antes". No queremos ninguna vuelta a una normalidad que ya detestábamos. Lo queremos todo patas arriba. Esta crisis de legitimidad, con la falta de esperanza y la idea que ya flota en cada rincón de esta ciudad (¡Todos fuera!), también indica el modo y la necesidad de la siguiente revuelta: una negación radical, y posiblemente en muchos aspectos inicialmente "nihilista", contra esta muerte en vida. El estilo de la siguiente revuelta será la movilización contra la muerte en vida.
El capitalismo ha entrado en una fase de reestructuración cuyo siguiente paso será una nueva definición del trabajo y del gobierno de la economía. Esta sociedad del trabajo ya no necesita de los trabajadores, porque la tecnología ha logrado el milagro soñado por los capitalistas (eficiencia y productividad garantizadas). Tampoco hay trabajo para todos, ni puede haberlo bajo este sistema. Vivimos entre una sobreproducción de mercancías, de estanterías abarrotadas de productos, de una inmensa oferta de objetos y gadgets, y de deseos que realizar. Las reglas han cambiado: del proclamado desarrollo económico que se anunciaba como progresivo hemos pasado a la gestión de la carestía. Mientras nos acercamos a los cinco millones de parados y el paro juvenil aumenta imparablemente, el capitalismo no detiene la producción, porque está basado en la ficción y el mito del pleno empleo, y en la movilización de sus ciudadanos para que cumplan su papel como consumidores.
Pero el combate que se libra está también en el plano de los sentimientos y las creencias. En estos tiempos, la propaganda está en la recuperación de la confianza, a modo de una Nueva Religión. Sus mitos han caído uno a uno, entre ellos la vieja cantinela del "pleno empleo". Hace ya más de un año, cuando el fuego amenazaba con quemar los muebles, el gobernador del Banco de España declaró que el problema de la crisis financiera era un problema de "confianza": de los bancos entre sí a la hora de hacer circular el dinero y de los ciudadanos con las instituciones. Ahora de lo que se trata es de forzar a la gente, a los trabajadores ya explotados y reventados, a la gente hastiada y helada de la cola del paro, a los estudiantes que están a punto de ser metidos en la trituradora del paro y de la emancipación familiar al cumplir los treinta, es decir, a los votantes, para que por medio de la propaganda se vuelva a creer en el sistema. No lo haremos.
Lo que ha pasado no es producto de un exceso, sino de un sistema que es en sí mismo excesivo, y que trata a sus ciudadanos-clientes como estúpidos. Así, pocos han comprendido de qué va esto de la macroeconomía, entregándose a la lectura ansiosa de todo tipo de encuestas y estudios que dicen vaticinar la luz al final del túnel. Esperan que la Nueva Religión ("los Mercados han dicho…", como si los Mercados, y no los políticos y banqueros, pudieran opinar) anuncie por fin la fecha para la salida de la crisis. El miedo congela a todos mirando descender las cotizaciones. Los currantes ya no denuncian y miran por encima del hombro a quienes traen malas noticias.
El sistema se encuentra en bancarrota. El escenario de las próximas elecciones, tanto las municipales como las nacionales, a buen seguro será el de la abstención, la desmovilización y el hastío. Sin embargo, llamarán al estado de alarma, invocando viejas ideas. No les creas. Durante este año la estrategia del gobierno será el evitar que el conflicto salga de lo privado a lo público, que los dramas tomen la calle. Si esto sucede, el precio será la represión a toda costa, pero el conflicto es el inicio del camino. Estamos hartos. Lo que esconde todo el ejército de curas y gilipollas de la izquierda, con su cantinela de "más regulación", es dar un poco de vida a un cuerpo moribundo, reclamando "más control" en estos tiempos salvajes, pero ¿Quién controla a los que controlan?
No podemos permitirles segundas partes, sino mandarlos al paro a perpetuidad. Ninguna vuelta a la "normalidad". Queremos jugar. 

[Panfleto repartido en la manifestación contra el Pacto social del pasado 12 de marzo en Madrid]

Dossier Instituto del Tiempo, febrero 2011

Os presentamos el primer dossier del Instituto del Tiempo, con algunos materiales para el estudio y la reflexión:




1- ¿De quién es la culpa? (Anselm Jappe)
2.- Movimiento contra la reforma del sistema de pensiones:
Terminando con la sociedad industrial y las ilusiones de la izquierda (Grupo LIBELUDD)
3.- Las sutilezas metafísicas de la mercancía (Anselm Jappe)


1.- ¿De quién es la culpa?

Anselm Jappe


Traducción de Carlos Lagos

Esta vez, todos los comentaristas están de acuerdo: lo que está pasando no es una simple turbulencia pasajera de los mercados financieros. Estamos ante una crisis considerada la peor desde la segunda guerra mundial, o desde 1929. Pero ¿de quién es la culpa, y dónde encontrar la salida? La respuesta es casi siempre la misma: la “economía real” está sana, lo que amenaza a la economía mundial son los mecanismos insanos de un sistema financiero que ha escapado de todo control. Entonces, la explicación más facilona, pero también la más difundida, atribuye toda la responsabilidad a la “avidez” de un puñado de especuladores que habrían estado jugando con el dinero de todos como si estuvieran en un casino. Sin embargo, esto de reducir los arcanos de la economía capitalista, cuando ésta anda mal, a las artimañas de una conspiración de malvados, tiene una tradición larga y peligrosa. Apuntar una vez más a unos chivos expiatorios, a los “altos financistas judíos” u otros, ofreciéndolos a la indignación del “pueblo honesto” formado por trabajadores y ahorradores, sería la peor de las salidas posibles.
Oponer un “mal” capitalismo “anglosajón” depredador y desenfrenado, a un “buen” capitalismo “continental”[1] más responsable, tampoco es una actitud seria. En las últimas semanas hemos comprobado que ambos se distinguen sólo por matices. Todos los que reclaman – desde la asociación ATTAC a Sarkozy – “más regulación” de los mercados financieros, ven en las locuras de las Bolsas sólo un “exceso”, un tumor en un cuerpo sano.
¿Y si por el contrario la financiarización, lejos de haber arruinado la economía real, la hubiera ayudado a sobrevivir más allá de su fecha de vencimiento? ¿Y si le hubiera dado un soplo de vida a un cuerpo moribundo? ¿Por qué estamos tan seguros de que el capitalismo está exento del ciclo de nacimiento, crecimiento y muerte? ¿No puede acaso contener límites intrínsecos a su desarrollo, límites que no residen solamente en la existencia de un enemigo declarado (el proletariado, a los pueblos oprimidos), ni al agotamiento de los recursos naturales?
Actualmente, de nuevo se ha puesto de moda citar a Karl Marx. Pero el filósofo alemán no habló solamente de lucha de clases. También previó la eventualidad de que un día la máquina capitalista se detuviera por sí misma, al agotarse su dinámica. ¿Por qué? La producción capitalista de mercancías contiene, desde el principio, una contradicción interna, una verdadera bomba de efecto retardado alojada en sus mismos fundamentos. No se puede hacer fructificar el capital, y por tanto acumularlo, más que explotando la fuerza de trabajo. Pero el trabajador, con tal de generar un beneficio para su empresario, debe ser equipado con las herramientas necesarias, y hoy con las tecnologías de punta. De esto resulta una carrera continua – la competencia obliga – en el empleo de tecnologías. A cada paso, el primer empresario que recurre a nuevas tecnologías gana, porque sus obreros producen más que los que no disponen de estas herramientas. Pero a la vez el sistema entero pierde, porque las tecnologías van reemplazando al trabajo humano. El valor de cada mercancía contiene por consiguiente porciones cada vez más reducidas de trabajo humano – el cual es sin embargo la única fuente de plusvalía, y por tanto de beneficio. El desarrollo de la tecnología reduce los beneficios en su totalidad. Sin embargo, durante uno siglo y medio la expansión de la producción de mercancías a escala global pudo compensar esta tendencia a la disminución del valor de cada mercancía.
Desde los años setenta del siglo pasado, este mecanismo – que ya no era otra cosa que una huida hacia adelante – se atascó. Paradójicamente, fueron los aumentos de productividad derivados del uso de la microelectrónica lo que puso en crisis al capitalismo. Para hacer trabajar a los pocos obreros que quedaban según los estándares de productividad del mercado mundial, hicieron falta inversiones cada vez más gigantescas. La acumulación real de capital amenazaba detenerse. Ese fue el momento en que el “capital ficticio”, como lo llamó Marx, hizo su entrada en escena. El abandono de la convertibilidad del dólar en oro, en 1971, eliminó la última válvula de seguridad, el último anclaje de las finanzas a la acumulación real. El crédito no es más que una anticipación de las futuras ganancias esperadas. Pero cuando la producción de valor, y por tanto de plusvalía, en la economía real se estanca (lo que no tiene nada que ver con un estancamiento de la producción de cosas: el capitalismo funciona a partir de la producción de plusvalía y no de productos con valor de uso), lo único que le permite en lo sucesivo a los propietarios de capital obtener beneficios imposibles de obtener en la economía real, son las finanzas. El auge del neoliberalismo a partir de 1980 no fue una maniobra malévola de los capitalistas más codiciosos, ni un golpe de Estado preparado con la ayuda de unos políticos complacientes, como quiere hacer creer la izquierda “radical” (que ahora debe decidirse: o pasa a una crítica del capitalismo a secas, aun si éste no se proclama neoliberal; o participa en la gestión de un capitalismo emergente que incluye una parte de las críticas dirigidas contra sus “excesos”). Por el contrario, el neoliberalismo fue la única manera posible de prolongar todavía un poco más el sistema capitalista, cuyos fundamentos nadie quería cuestionar seriamente, ni a la derecha ni a la izquierda. Numerosas empresas e individuos pudieron mantener por bastante tiempo una ilusión de prosperidad, gracias al crédito. Ahora, esta muleta también se ha roto. Sin embargo el regreso al keynesianismo, sugerido un poco por todas partes, será completamente imposible: ya no hay suficiente dinero “real” a disposición de los Estados. Por el momento, los “responsables” han logrado aplazar un poco el Mene, Tekel, Peres[2] añadiendo un cero más a las cifras antojadizas escritas sobre las pantallas y a las cuales no corresponde nada más. Los préstamos concedidos últimamente para salvar las Bolsas son diez veces más grandes que los agujeros que hacían temblar los mercados hace diez años – sin embargo la producción real (digamos, trivialmente, el PIB) ¡ha aumentado cerca de un 20-30%! Este “crecimiento económico” no tuvo una base propia, sino que fue causado por las burbujas financieras. Pero cuando estas burbujas revienten, no habrá un “saneamiento” después del cual todo pueda volver a empezar.
Quizás no habrá un “viernes negro” como en 1929, ni un “Día del Juicio”. Pero hay buenas razones para creer que estamos viviendo el fin de una larga época histórica. La época en que la actividad productiva y los productos no sirven para satisfacer necesidades, sino para alimentar el ciclo incesante del trabajo que valoriza al capital y del capital que emplea al trabajo. La mercancía y el trabajo, el dinero y la regulación estatal, la competencia y el mercado: tras las crisis financieras que se repiten desde hace veinte años con cada vez más intensidad, se perfila la crisis de todas estas categorías. Las cuales, siempre es bueno recordarlo, no han formado parte de la existencia humana en todas las épocas y en todas partes. Tales categorías tomaron posesión de la vida humana durante los últimos siglos, y podrán evolucionar hacia algo diferente: algo mejor o algo aun peor. Como sea, no es el tipo de decisión que se pueda tomar en una reunión del G8…

[1] Con esta expresión, “capitalismo continental”, el autor se refiere al capitalismo europeo, que presume de ser más razonable y humano que el norteamericano (NdT).
[2] Mene, Tekel, Peres: según se relata en el Antiguo Testamento ( Daniel 5: 1-30), estas  palabras fueron inscritas en los muros del palacio del sacrílego rey Belsasar, para anunciar su inminente ruina y la caída de su imperio (NdT).
 (*) El punto de vista de Jappe en torno a la cuestión de la crisis capitalista, ha recibido una interesante crítica de Roland Simon, del grupo Théorie Communiste. Esta crítica aparece en este artículo en francés, y está traducida al portugués en esta página del grupo Velha Toupeira (NdT).








2.- Movimiento contra la reforma del sistema de pensiones:
Terminando con la sociedad industrial y las ilusiones de la izquierda[1]


Millones de personas en las calles. Llamamientos a la huelga indefinida. Puertos bloqueados desde hace dos semanas. Refinerías en huelga anunciando una próxima escasez de carburante. Miles de estudiantes de enseñanza media paralizando sus liceos. El cabreo se generaliza y el movimiento contra la reforma de las jubilaciones toma cada vez más fuerza. Por todas partes se extiende la sensación de que nos estamos jugando algo decisivo. Nosotros formamos parte de este movimiento y nos solidarizamos con las personas que luchan contra la reforma de la jubilación y la explotación en general. Es legítimo que las personas que han trabajado toda su vida se nieguen a reengancharse por dos años suplementarios. Este rechazo está tanto más justificado cuando el reparto de la riqueza que unos pocos poseen podría permitir a todos tener una vida y una jubilación decentes.
Por otro lado, una gran parte del discurso que esgrime la izquierda y los opositores a la reforma nos parece en el mejor de los casos un callejón sin salida, y en el peor claramente peligroso. En efecto, no hay lucha posible contra la reforma de la jubilación si no se rechaza la robotización de nuestras vidas, y si no se sale del dogma del crecimiento y del empleo a toda costa. Solamente teniendo en cuenta estas críticas  puede emerger un movimiento con verdaderas perspectivas.

Cuando los robots hacen que lo humano sea inútil…

            Desde hace varias décadas, las máquinas y los ordenadores han ido suprimiendo cada vez más el trabajo humano. Gracias al progreso de la ciencia y la tecnología, y sobre todo a la aportación de los laboratorios del INRIA (Instituto Nacional de Investigación en Informática y Automática) en el CEA-Minatec de Grenoble[2], o de STMicroelectronics e IBM, la acumulación de capital requiere la explotación de un número mucho menor de seres humanos que antes. Aparte de ser más productivos, los robots tienen la inmensa ventaja de que no hacen huelgas, y tampoco necesitan jubilarse. Para que todos nos enteremos, la exposición que ha organizado hasta el 31 de diciembre el Musée Dauphinois de Grenoble a la mayor gloria de Vaucanson[3] y el hombre artificial, plantea justamente la pregunta de “¿Por qué hace falta reemplazar al hombre por las máquinas?”.
El capitalismo no puede crear suficientes empleos para todos. Después de los obreros y de los empleados de correos, de tren, de comercio o de los bancos, ahora le ha llegado el turno a los profesores de convertirse en obsoletos. También la escuela será digital, para  mayor beneficio de las multinacionales de la informática y mayor desgracia de la educación y de la salud mental de los niños. Ni siquiera en los servicios personales los hombres se libran de ser sustituidos por robots. En Isère, el programa Empatic ofrece a los ancianos un sistema de videovigilancia: gracias a los sensores electrónicos ya no es necesaria la presencia humana. ¡Viva la jubilación!

…hacerse explotar se convierte en un “privilegio”

            Es evidente que los robots nos están reemplazando. El problema es que seguimos estando más o menos obligados a trabajar. Sin trabajo, no hay salarios, y la nevera se vacía. Todos los humanos desechados por las máquinas no habrán cotizado lo suficiente para poder jubilarse. Hemos llegado por lo tanto al punto en que conseguir vender nuestra fuerza de trabajo a una empresa ha llegado a ser un privilegio. ¿Pero qué tipo de privilegio?  Los empleos que todavía crea penosamente el capitalismo son cada vez más vacíos y desconectados de nuestras necesidades fundamentales, y los trabajadores han quedado reducidos a no ser sino los auxiliares de los ordenadores, meros engranajes dentro de la maquinaria industrial. La productividad tiene que aumentar sin cesar, y por lo tanto las personas que trabajan se ven obligadas a trabajar cada vez más, y más rápido, y con mayor eficacia.
Excluidos e inútiles, o explotados y agobiados. Esto es a lo que hemos sido reducidos. No hay solución al problema de la jubilación o del paro sin salir del capitalismo y de la sociedad industrial. ¿Cuánto tiempo creéis que el sistema cargará con una mano de obra inútil?

¡La solidaridad no se basa en el crecimiento!

            Para justificar la reforma de las pensiones, la derecha nos explica que “hay menos trabajadores activos y más personas inactivas, por lo que es normal trabajar más tiempo para pagar la jubilación”, a lo que los economistas de la izquierda y la extrema izquierda contestan que “incluso con un crecimiento inferior al 2%, el producto interior bruto se doblará de aquí a 40 años, por lo que se podría dedicar una partida presupuestaria más grande a la financiación de las pensiones, sin que los asalariados tengan que hacer ningún esfuerzo suplementario”.
Para la izquierda, el problema es pues simplemente un problema del reparto de los frutos (podridos) del crecimiento. Como si las pensiones, y por tanto la misma solidaridad humana, se basara tan sólo en el crecimiento económico. Es absolutamente necesario terminar con la ideología del crecimiento. Contar con que la producción se duplique de aquí a 40 años es una aberración.  Nuestro medio ambiente no sobreviviría a tal desastre ecológico, por no hablar de la degradación de la vida en sociedad. Porque producir más quiere decir producir cada vez más ordenadores, televisiones de pantalla plana, teléfonos móviles y otros artilugios high-tech que embrutecen, individualizan y terminan por destruir toda relación verdadera entre nosotros. (¿Cuantos amigos virtuales tenéis en facebook?)

Hay oficios idiotas

El segundo argumento de la izquierda contra la reforma de las jubilaciones consiste en rechazar la prolongación del periodo de cotización porque sería un freno al empleo juvenil. ¿Qué empleos? ¿Y a qué necesidades responderían tales empleos? Eso no tiene ninguna importancia porque lo que cuenta es encontrarles un empleo. Es necesario salir de esta lógica del empleo a toda costa, en primer lugar porque ya no hay trabajo para todos (véase más arriba), y después porque esto equivale a defender empleos que perjudican al resto de la sociedad. Pero no hay por qué avergonzarse de no tener “trabajo” en la forma en que lo entiende esta sociedad, es decir, un trabajo que se hace sólo para ganar dinero, sin ninguna preocupación por su contenido. Es mucho más digno no trabajar antes que ser banquero, militar, investigador de las nanotecnologías o periodista de Daubé.  Sin embargo, no queremos pasar la vida sin nada que hacer sino que queremos un trabajo libremente elegido, enriquecedor y que consideremos útil. Por eso preferimos entonces hablar en su lugar de actividad y trabajo libremente elegido, enriquecedor y que consideremos útil. Por eso preferimos entonces hablar en su lugar de actividad

¿Por dónde empezamos?

En un primer momento, hay que organizarse desde la base para conseguir la retirada de la reforma. Desconfiar de los sindicatos que nos abandonarán en cuanto tengan la ocasión, y de los socialistas que no retirarán la reforma si son elegidos en 2012. Detener las movilizaciones puntuales para construir un movimiento sólido y continuo. Paralizar los centros económicos, científicos y políticos. Aprovechar estas luchas para encontrarnos, discutir, intercambiar. Tomarnos el tiempo de reflexionar y de construir solidaridades. Organizarnos para impedir toda vuelta a la normalidad. Cerrar las fábricas y los laboratorios que nos perjudican. Producir colectivamente todo lo que necesitamos para vivir, sin recurrir a la maquinaria industrial.
Inutilizar este sistema que nos vuelve inútiles.

 Grenoble, 12 de octubre de 2010
 Grupo LIBELUDD (Libertarios, Ludditas).


3. Las sutilezas metafísicas de la mercancía
Anselm Jappe
Mi intervención será bastante distinta de las otras que aquí se lean. Presentarse a un debate sobre la mercancía para polemizar contra la existencia misma de la mercancía puede parecer tan sensato como acudir a un congreso de físicos para protestar contra la existencia del magnetismo o de la gravedad. Por lo general, la existencia de mercancías suele considerarse un hecho enteramente natural, por lo menos en cualquier sociedad medianamente desarrollada, y la sola cuestión que se plantea es qué hacer con ellas. Se puede afirmar, desde luego, que hay gente en el mundo que tiene demasiado pocas mercancías y que habría que darles un poco más, o que algunas mercancías están mal hechas o que contaminan o que son peligrosas. Pero con eso no se dice nada contra la mercancía en cuanto tal. Se puede desaprobar ciertamente el “consumismo” o la “comercialización”, eso es, pedirle a la mercancía que se quede en su sitio y que no invada otros terrenos como, por ejemplo, el cuerpo humano. Pero tales observaciones tienen un sabor moralista y además parecen más bien “anticuadas”, y estar anticuado es el único crimen intelectual que aún existe. Por lo demás, las raras veces que parezca ponerse en tela de juicio la mercancía, la sociedad moderna se precipita a evocar las fechorías de Pol Pot, y se acabó la discusión. La mercancía ha existido siempre y siempre existirá, por mucho que cambie su distribución.
Si se entiende por mercancía simplemente un “producto”, un objeto que pasa de una persona a otra, entonces la afirmación de la inevitabilidad de la mercancía es sin duda verdadera, pero también un poco tautológica. Esta es, sin embargo, la definición que ha dado toda la economía política burguesa después de Marx. Si no queremos contentarnos con esa definición, hemos de reconocer en la mercancía una forma específica de producto humano, una forma social que sólo desde hace algunos siglos -y en buena parte del mundo, desde hace pocos decenios- ha llegado a ser predominante en la sociedad. La mercancía posee una estructura particular, y si analizamos a fondo los fenómenos más diversos, las guerras contemporáneas o las quiebras de los mercados financieros, los desastres hidrogeológicos de nuestros días o la crisis de los Estados nacionales, el hambre en el mundo o los cambios en las relaciones entre los sexos, hallamos siempre en el origen la estructura de la mercancía. Conste que eso es consecuencia del hecho de que la sociedad misma lo ha reducido todo a mercancía; la teoría no hace más que tomar nota de ello.
La mercancía es un producto destinado desde el principio a la venta y al mercado (y no cambia gran cosa cuando sea un mercado regulado por el Estado). En una economía de mercancías no cuenta la utilidad del producto sino únicamente su capacidad de venderse y de transformarse, por mediación del dinero, en otra mercancía. Por consiguiente, sólo se accede a un valor de uso por medio de la transformación del propio producto en valor de cambio, en dinero. Una mercancía en cuanto mercancía no se halla definida, por tanto, por el trabajo concreto que la ha producido, sino que es una mera cantidad de trabajo indistinto, abstracto; es decir, la cantidad de tiempo de trabajo que se ha gastado en producirla. De eso deriva un grave inconveniente: no son los hombres mismos quienes regulan la producción en función de sus necesidades, sino que hay una instancia anónima, el mercado, que regula la producción post festum. El sujeto no es el hombre sino la mercancía en cuanto sujeto automático. Los procesos vitales de los hombres quedan abandonados a la gestión totalitaria e inapelable de un mecanismo ciego que ellos alimentan pero no controlan. La mercancía separa la producción del consumo y subordina la utilidad o nocividad concretas de cada cosa a la cuestión de cuánto trabajo abstracto, representado por el dinero, ésta sea capaz de realizar en el mercado. La reducción de los trabajos concretos a trabajo abstracto no es una mera astucia técnica ni una simple operación mental. En la sociedad de la mercancía, el trabajo privado y concreto sólo se hace social, o sea útil para los demás y, por ende, para su productor, a trueque de despojarse de sus cualidades propias y de hacerse abstracto. A partir de ahí, sólo cuenta el movimiento cuantitativo, es decir, el aumento del trabajo abstracto, mientras que la satisfacción de las necesidades se convierte en un efecto secundario y accesorio que puede darse o no. El valor de uso se transforma en mero portador del valor de cambio, a diferencia de lo que sucedía en todas las sociedades anteriores. Aun así, siempre debe haber un valor de uso; hecho éste que constituye un límite contra el que choca constantemente la tendencia del valor de cambio, del dinero, a incrementarse de manera ilimitada y tautológica. La mejor definición del trabajo abstracto, después de la de Marx, fue dada nada menos que por John Maynard Keynes, aunque sin la menor intención crítica: “Desde el punto de vista de la economía nacional, cavar agujeros y luego llenarlos es una actividad enteramente sensata”.
Tal vez la mercancía y su forma general, el dinero, hayan tenido alguna función positiva en los inicios, facilitando la ampliación de las necesidades. Pero su estructura es como una bomba de relojería, un virus inscrito en el código genético de la sociedad moderna. Cuanto más la mercancía se apodere del control de la sociedad, tanto más va minando los cimientos de la sociedad misma, volviéndola del todo incontrolable y convirtiéndola en una máquina que funciona sola. No se trata, por tanto, de apreciar la mercancía o de condenarla: es la mercancía misma la que se quita de en medio, a largo plazo, y tal vez no sólo a sí misma. La mercancía destruye inexorablemente la sociedad de la mercancía. Como forma de socialización indirecta e inconsciente, ésta no puede menos de producir desastres.
Este proceso en que la vida social de los hombres se ha trasferido a sus mercancías es lo que Marx llamó el fetichismo de la mercancía: en lugar de controlar su producción material, los hombres son controlados por ella; son gobernados por sus productos que se han hecho independientes, lo mismo que sucede en la religión. El término “fetichista” ha entrado en el lenguaje cotidiano, y a menudo se dice de alguien que es un fetichista del automóvil, de la ropa o del teléfono móvil. Este uso del término “fetichista” parece vincularse, sin embargo, más bien al sentido en que lo usaba Freud, a saber, el de conferir a un mero objeto un significado emotivo derivado de otros contextos. Aunque los objetos de tales fetichismos sean mercancías, parece poco probable que ese “fetichismo” cotidiano sea lo mismo que el “fetichismo de la mercancía” de Marx. Por un lado, porque resulta más bien difícil admitir que la mercancía en cuanto tal, y no sólo algunas mercancías particulares, pueda ser entre nosotros, los modernos, objeto de un culto parangonable al que los llamados salvajes rendían a sus tótems y a sus animales embalsamados. El amor excesivo a ciertas mercancías es sólo un epifenómeno del proceso por el cual la mercancía ha embrujado la entera vida social, porque todo lo que la sociedad hace o puede hacer se ha proyectado en las mercancías.
Pero también aquellos a quienes la mercancía no debería parecerles tan “normal”, es decir, los presuntos marxistas, se han mostrado poco dispuestos a reconocerse como salvajes. Tal renitencia se vio coadyuvada por el hecho de que el “fetichismo de la mercancía” y sus derivados -dinero, capital, interés- ocupa en la obra de Marx un espacio cuantitativamente muy reducido, y no se puede decir que él mismo lo haya colocado en el centro de su teoría. Además, la definición marxiana del fetichismo, como toda su teoría del valor y del trabajo abstracto, es tremendamente difícil de entender; lo cual no se debe, por cierto, a que Marx fuera incapaz de expresarse, sino al hecho de que, como él mismo dice, la paradoja de la realidad se expresa en paradojas lingüísticas. El desdoblamiento de todo producto humano en dos aspectos, el valor de cambio y el valor de uso, determina casi todos los aspectos de nuestra vida y, sin embargo, desafía nuestra comprensión y el sentido común, quizá un poco como la teoría de la relatividad. Era difícil hacer del fetichismo un discurso para masas, como se hizo con la “lucha de clases” o la “explotación”. Además, el análisis marxiano del fetichismo indicaba una especie de núcleo secreto de la sociedad burguesa, núcleo que sólo poco a poco ha venido haciéndose visible; durante casi un siglo, la atención permaneció fijada en los efectos secundarios de la forma-mercancía, tales como la explotación de las clases trabajadoras. No en vano utiliza Marx, cuando habla del carácter de fetiche de la mercancía, en pocas páginas los términos “arcano”, “sutileza metafísica”, “caprichos teológicos”, “misterioso”, “extravagancias admirables”, “carácter místico”, “carácter enigmático”, “quid pro quo“, “forma fantasmagórica”, “región nebulosa”, “jeroglíficos”, “forma extravagante”, “misticismo”, “brujería” y “hechizo”. El fetichismo es el secreto fundamental de la sociedad moderna, lo que no se dice ni se debe revelar. En eso se parece a lo inconsciente; y la descripción marxiana del fetichismo como forma de inconsciencia social y como ciego proceso autorregulador muestra interesantes analogías con la teoría freudiana. No sorprende, por tanto, que el fetichismo, al igual que el inconsciente, emplee toda su sutileza metafísica y toda su astucia de teólogo para no darse a conocer. Durante mucho tiempo, tal ocultamiento no le fue muy difícil: criticar el fetichismo habría implicado poner en tela de juicio todas las categorías que incluso los presuntos marxistas y los críticos de la sociedad burguesa habían interiorizado por completo, considerándolas datos naturales de los cuales sólo podía dicutirse el más o el menos, el cómo y, sobre todo, el “para quién”, pero sin cuestionar su existencia en sí: el valor, el trabajo abstracto, el dinero, el Estado, la democracia, la productividad. Sólo cuando la lucha por la distribución de esos bienes había conducido, durante el periodo de posguerra, a una situación de equilibrio en el welfare state fordista, resultó posible colocar en el centro de la atención la mercancía en cuanto tal y los desastres que produce.
Después de Marx, durante muchos decenios, y a pesar de las aportaciones de Lukács, de Isaac Rubin y algunos otros, todo análisis del fetichismo quedó diluido en la categoría mucho más vasta e indeterminada de “alienación”; con lo cual el fetichismo se convertía en un fenómeno de conciencia, en una falsa opinión o valoración de las cosas que de algún modo se podía relacionar con la tan discutida “ideología”. Sólo durante la segunda mitad de los años sesenta el concepto de fetichismo, el análisis de la estructura de la mercancía y del trabajo abstracto llegaron a ocupar un lugar destacado en la discusión, sobre todo en Alemania y en Italia.
Un efecto mayor y más duradero alcanzó, sin embargo, en los años sesenta la Internacional Situacionista, con su crítica integral de la vida moderna y su proclamación de una “revolución de la vida cotidiana”. Hasta el día de hoy, a los situacionistas se los ha entendido mal deliberadamente, tomándolos por un simple movimiento artístico-cultural; y en su libro principal, La sociedad del espectáculo de Guy Debord, se ha querido ver a menudo una simple crítica de los mass media. Pero en verdad se trata de una solidísima teoría social que ahonda sus raices precisamente en la crítica de la estructura de la mercancía. Debord denuncia la economía autonomizada y sustraida al control humano, la división de la sociedad en esferas separadas como política, economía y arte, y arriba a una crítica del trabajo abstracto y tautológico que remodela la sociedad conforme a sus propias exigencias. “Todo lo que se vivía directamente se ha alejado en una representación”, se lee al inicio de La sociedad del espectáculo: en lugar de vivir en primera persona, contemplamos la vida de las mercancías. Debord dice también: “El espectáculo no canta a los hombres y sus armas, sino a las mercancías y sus pasiones”(& 66). Sin necesidad de asistir a largos seminarios marxológicos, había redescubierto y actualizado toda la crítica marxiana del fetichismo de las mercancías.
No se trataba de una teoría libresca como otras muchas: la revuelta del Mayo de París, de la cual los situacionistas habían sido en cierto modo los precursores intelectuales, fue también la primera revuelta moderna que no se hizo en nombre de reivindicaciones económicas o estrechamente políticas, sino que nació más bien de la exigencia de una vida diferente, autónoma y liberada de la tiranía del mercado, del Estado y de su raíz común, la mercancía. En 1968 temblaron los Estados del Este al igual que los del Oeste, los sindicatos y los propietarios, la derecha y la izquierda: en otras palabras, las diversas caras de la sociedad de la mercancía. Y nadie supo estar tan a la altura de aquella rebelión como los situacionistas.
Debord lo había predicho en 1967: “En el momento en que la sociedad descubre que depende de la economía, la economía depende, de hecho, de ella… Ahí donde estaba el Ello económico debe advenir el Yo… Su contrario es la sociedad del espectáculo, donde la mercancía se contempla a sí misma en un mundo por ella creado” (&& 52-53). El inconsciente social, el Ello del espectáculo, sobre el que se funda la actual organización social, tuvo por tanto que movilizarse para tapar esa nueva grieta que se había abierto justamente en el momento en que el orden dominante se creía más seguro que nunca. Entre las medidas que tomó el inconsciente económico hallamos también las tentativas de neutralizar la crítica radical de la mercancía que había encontrado su más alta expresión en los situacionistas. Reducir a la mansedumbre a Debord mismo era imposible, a diferencia de cuanto ocurrió con casi todos los demás “héroes” de 1968. Y su teoría no dejaba margen al equívoco: “El espectáculo es el momento en que la mercancía ha conseguido la ocupación total de la vida social”, se lee en el & 42 de La sociedad del espectáculo. Pero a los brujos de la mercancía les quedaba otra posibilidad: la de fingir que hablaban el lenguaje de la crítica radical, aparentemente incluso de manera un poco más extrema y audaz todavía, pero en verdad con intenciones y contenidos opuestos. El que nuestra época prefiere la copia al original, como dice Debord citando a Feuerbach, resulta ser verdadero también respecto a la crítica radical misma.
Según Debord, el espectáculo es el triunfo del parecer y del ver, donde la imagen sustituye a la realidad. Debord menciona la televisión sólo a modo de ejemplo; el espectáculo es para él un desarrollo de aquella abstracción real que domina a la sociedad de la mercancía, basada en la pura cantidad. Pero si estamos inmersos en un océano de imágenes incontrolables que nos impiden el acceso a la realidad, entonces parece más atrevido todavía que se diga que esa realidad ha desaparecido del todo y que los situacionistas fueron aún demasiado tímidos y demasiado optimistas, ya que ahora el proceso de abstracción ha devorado a la realidad entera y el espectáculo es hoy en día aún más espectacular y más totalitario de cuanto se había imaginado, llevando sus crímenes al extremo de asesinar a la realidad misma. Los discursos “posmodernos” que irradiaron de la Francia de los años setenta se sirvieron generosamente de las ideas situacionistas, naturalmente sin citar una fuente tan poco decorosa, aunque en absoluto la ignoraban, incluso por vía de ciertas trayectorias personales. Como decía ya en 1964 Asger Jorn: “A Debord no es que se le conozca mal; es que se le conoce como el mal”. No se trataba, sin embargo, solamente del consuetudinario autoservicio intelectual sino de una verdadera estrategia encaminada a neutralizar una teoría peligrosa mediante su exageración paródica. Los posmodernos, al aparentar que iban aún más allá de la teoría situacionista, en verdad la convirtieron en lo contrario de lo que era. Una vez se confunda el espectáculo, que es una formación histórico-social bien precisa, con el atemporal problema filosófico de la representación en cuanto tal, todos los términos del problema se vuelven del revés sin que se note demasiado.
Criticar las teorías posmodernas resulta difícil debido a su carácter auto-inmunizador que hace imposible toda discusión, transformando sus afirmaciones en verdades de fe ante las cuales sólo cabe creer o no creer. Pero sí cabe decir algo acerca de su función, acerca del cui bono, observando así la sutileza metafísica que despliega la mercancía para defenderse. Al leer los textos posmodernos se nota que, si bien no citan casi nunca a los situacionistas, el término “espectáculo” o “sociedad del espectáculo” se encuentra con frecuencia, y que tales textos, sean de 1975 o de 1995, muy a menudo dan la impresión de no ser otra cosa que respuestas a las tesis de Debord. De él toman los posmodernos las descripciones de un espectáculo que se aleja progresivamente de la realidad; pero las retoman en un plano puramente fenomenológico, sin buscar jamás una causa que vaya más allá de dar por supuesto un impulso irresistible e irracional que empuja a los espectadores hacia el espectáculo. Antes bien se condena cualquier búsqueda de explicaciones. Cuando leemos que “la abstracción del ‘espectáculo’, aun para los situacionistas, no fue nunca sin apelación. Su realización incondicional, en cambio, sí lo es… El espectáculo aún dejaba sitio para la conciencia crítica y la desmitificación… Hoy estamos más allá de toda desalienación”, entonces está claro para qué sirven las referencias posmodernas al espectáculo: para anunciar la inutilidad de toda resistencia al espectáculo.
Esa supuesta desaparición de la realidad, que se presenta pomposamente como una verdad incómoda y aun como una revelación terrible, en verdad es lo más tranquilizador que puede haber en estos tiempos de crisis. Si el carácter tautológico del espectáculo, denunciado por Debord, expresa el carácter automático de la economía de la mercancía que, sustraida a todo control, anda locamente a la deriva, entonces hay efectivamente mucho que temer. Pero si los signos, en cambio, sólo se refieren a otros signos y así seguido, si jamás se encuentra el original de la copia infiel, si no hay valor real que deba sostener, aunque sin lograrlo, el cúmulo de deudas del mundo, entonces no hay absolutamente ningún riesgo de que lo real nos alcance. Los pasajeros del Titanic pueden quedarse a bordo, como dice Robert Kurz, y la música sigue sonando. Entonces cabe fingir también que se está pronunciando un juicio moral radicalmente negativo acerca de tal estado de las cosas; pero tal juicio queda en mero perifollo cuando ninguna contradicción del ámbito de la producción logra ya sacudir ese mundo autista. Y, sin embargo, es justamente en el terreno de la producción que se halla la base real de la fascinación que ejerce el “simulacro”: en el sistema económico mundial que, gracias a esas contradicciones de la mercancía de las que no se quiere saber nada, ha tropezado con sus límites económicos, ecológicos y políticos; un sistema que se mantiene con vida sólo gracias a una simulación continua. Cuando los millones de billones de dólares de capital especulativo “aparcados” en los mercados financieros, o sea todo el capital ficticio o simulado, vuelva a la economía “real”, se verá que el dinero especulativo no era tanto el resultado de una era cultural de la virtualidad (más bien lo contrario es cierto) como una desesperada huida hacia delante de una economía en desbandada. Detrás de tantos discursos sobre la desaparición de la realidad, no se esconde sino el viejo sueño de la sociedad de la mercancía de poder liberarse del todo del valor de uso y los límites que éste impone al crecimiento ilimitado del valor de cambio. No se trata aquí de decidir si esa desaparición del valor de uso, proclamada por los posmodernos, es positiva o no; el hecho es que es rigurosamente imposible, aunque a muchos les parezca deseable. Que no exista sustancia alguna, que se pueda vivir eternamente en el reino del simulacro: he aquí la esperanza de los dueños del mundo actual. Corea del Sur e Indonesia son los epitafios de las teorías posmodenas.
Pero el haber descrito los procesos de virtualización y habérselos tomado en serio constituye también el momento de verdad que contienen las teorías posmodernas. Como mera descripción de la realidad (a su pesar) de los últimos decenios, esas teorías se muestran a menudo superiores a la sociología de inspiración marxista. Supieron denunciar con justeza la fijación de los marxistas en las mismas categorías capitalistas como el trabajo, el valor y la producción; y así parecían colocarse, por lo menos en los inicios, entre las teorías radicales que mayormente recogieron el legado de 1968. Pero luego acaban siempre hablando de los verdaderos problemas sólo para darles respuestas sin origen ni dirección. En los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, de 1988, Debord compara ese tipo de crítica seudo-radical a la copia de un arma a la que sólo falta el percutor. Al igual que las teorías estructuralistas y postestructuralistas, los posmodernos comprenden el carácter automático, autorreferencial e inconsciente de la sociedad de la mercancía, pero sólo para convertirlo en un dato ontológico, en lugar de reconocer en ello el aspecto históricamente determinado, escandaloso y superable de la sociedad de la mercancía.
Como se ve, no es fácil sustraerse a la perversa fascinación de la mercancía. La crítica del fetichismo de la mercancía es la única vía que hoy se halla abierta a una comprensión global de la sociedad; y afortunadamente semejante crítica se está formando.De ese proceso forman parte el creciente interés por las teorías de los situacionistas, y por las de Debord en particular, así como la labor de la revista alemana Krisis y el eco que está empezando a hallar también en Italia. Durante largo tiempo, la mercancía nos engañó presentándose como “una cosa trivial y obvia”. Pero su inocencia ha pasado, porque hoy sabemos que es “una cosa embrolladísima, llena de sutileza metafísica y caprichos teológicos”. Y todos los rezos de sus sacerdotes serán incapaces de salvarla de la evidencia de su condena.

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Anselm Jappe es autor de un estudio crítico sobre Guy Debord, Tracce, Pescara, 1993, traducido a diversos idiomas (trad. cast. Anagrama, Barcelona, 1998). En MANIA ha publicado “Sic transit gloria artis. El ‘fin del arte’ según Theodor W. Adorno y Guy Debord”, n. 1, pp. 31-52; “El absurdo mercado de los hombres sin cualidades”, n. 2, pp. 39-43; y “¿Crítica social o nihilismo?”, n. 4-5-6, pp. 227-241.


[1] Panfleto distribuido en las movilizaciones habidas en Francia contra la modificación regresiva del sistema de pensiones de jubilación.
[2] Empresa francesa líder en nano y microtecnologías.
[3] Ingeniero francés, creador en 1737 del primer robot de la historia e inventor de diversos autómatas.

Hoy es el futuro. Ven al Instituto del Tiempo

Hace ya un año que nació el Instituto del Tiempo con el objetivo de «fomentar una comunicación y un debate directos y continuados, porque sin ellos no se puede fundar una práctica y mucho menos llegar a creer que se pueda incidir en la realidad». Hoy, sin duda alguna, las condiciones son más adversas que nunca. El empobrecimiento de la vida a todos los niveles unido a una ofensiva contra los trabajadores, estudiantes rebeldes, pensionistas (tratados como mercancía obsoleta), la chusma, la gente que se busca la vida como puede y donde puede nos obliga a buscar alianzas, a establecer puentes de comunicación con los demás, ver hasta donde podemos llegar y reflexionar en cómo podemos contribuir a crear una cultura de la resistencia. Esta situación requiere un esfuerzo común y colectivo, porque la actual ofensiva nos afecta a todos/as. Entendemos, precisamente, que esto mismo es la solidaridad: el considerar los problemas de cada uno asuntos colectivos que deben ser solucionados entre todos/as.                    
Al mismo tiempo, constatamos sobre el terreno que nuestros deseos últimos no son los de regresar al tiempo anterior a esta nueva y profunda crisis del capitalismo, sino los de no dejar piedra sobre piedra. Por esta razón, pensamos que junto a la resistencia y lucha contra la enésima reencarnación del capitalismo y su Mafia Organizada, también es imprescindible profundizar en un discurso que piense en el día de mañana, que pueda contagiar y propagar la mecha. Lo utópico se ha de concretar en el ejercicio de su práctica diaria.                          
 Quienes impulsamos el Instituto del Tiempo somos conscientes de la magnitud de nuestras palabras. Nuestros objetivos son, en principio y necesariamente, modestos. En este momento sólo podemos aspirar a contribuir con nuestras palabras e ideas, con nuestros brazos y contraseñas, a impulsar un movimiento de ofensiva. Y esto ya es necesariamente comunidad. Creemos necesario profundizar en el estudio de los cambios que se están llevando a cabo en el ordenamiento del mundo y en cómo afectan necesariamente a nuestra libertad; dotarnos de los instrumentos teóricos que nos permitan avanzar en la crítica del mundo que se nos impone; fomentar el debate en profundidad sobre los medios y los fines de un posible programa revolucionario; tejer relaciones con otros grupos o colectivos empeñados en tareas similares para, por un lado, ampliar las discusiones y debates y, por otro, fomentar la multiplicación de instrumentos de lucha y acción colectivos encaminados a objetivos concretos.                                
 Por ello, invitamos a todas aquellas personas que lo deseen a acercarse al Instituto del Tiempo y compartir ideas, proyectos, experiencias y deseos. Os esperamos.

Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra

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La lógica del sistema

Uno de los gurús ibéricos de la economía actual, que destaca por hablar claro, a diferencia del resto de sus colegas, que aún no saben de qué va la vaina, nos ofrece una visión estratégica interesantísima y que deberíamos leer con mucha atención sobre el futuro de nuestros intereses. Nos explica con un lenguaje claro por dónde van a ir los tiros de la economía de aquí en adelante en un mundo de recursos cada vez menores y de tecnología cada día más avanzada. Se agradece que un economista diga lo que piensa. A continuación el texto:
 ‘¡El 28 E! ¡El 28 E!’ vociferan en la calle: ‘La reforma de las pensiones’, alguien susurra. Pero la reforma de las pensiones tan solo es un ladrillo más de una estructura muchísimo más amplia, una nueva estructura que sería parte de la forma que adoptaría aquella manifestación que hace unos meses realizó el presidente de la República Francesa en el sentido de que es necesario un nuevo Contrato Social.
 En España se está llamando ‘reforma laboral’, pero, ¿a qué se están refiriendo en realidad?. Primero fue la reducción salarial del 5% a los empleados públicos (qué no sólo a los funcionarios); luego la posibilidad de que las empresas pudieran descolgarse de lo firmado en los convenios colectivos si demostraban que la evolución de sus cosas apuntaba a una caída en sus ingresos; a la vez, el abaratamiento del despido con aquel contrato de 33 días; el 28 de Enero va a ser, sí o sí, la modificación en el modo de cálculo de las pensiones a fin de que se reduzca el monto total a pagar en pensiones (y que se traducirá en una caída de la pensión media, de momento sólo para las nuevas); antes de Mayo el intento de prolongación en la edad de jubilación; ya, el inicio de conversaciones para cambiar la negociación colectiva y el espíritu sobre el que se sostiene; dentro de cuatro días las reducciones que van a experimentar los salarios medios. 
‘¡Se está atacando al mundo del trabajo!. ¡Se está atacando al mundo de trabajo!’ Gritan quienes se hallan altamente concienciados con los temas laborales. ¿Atacando?. Mmmmmm. Pienso que no es la expresión correcta, en cualquier caso, ¿alguien pensaba que el mundo del trabajo iba a quedar al margen de la vorágine en la que ha entrado la economía planetaria teniendo en cuenta que el factor trabajo, precisamente, es uno de los elementos a los que más va a afectar -ya le está afectando- la secuencia de cambios que se está produciendo en la economía mundial?.
Cada vez se necesita menos factor trabajo para generar una unidad de PIB, crecientemente se va a necesitar menos: se está sustituyendo factor trabajo por factor capital. La productividad está aumentando (en España muy poco, y lo que aumenta es debido a que crece el paro, lo que es malo, muy malo: baja productividad equivale a una reducida preparación de cara al día después de la crisis, y para salir de ella), y, debido a lo dicho, tiende a aumentar. ‘Entonces, ¿es inevitable un elevado desempleo estructural incluso después de que finalice la crisis?’ Sí, pienso que sí.
Por el impacto que va a tener sobre los millones de trabajadoras y trabajadores ocupados, pienso que la histórica petición de la patronal española (de las patronales de todo el planeta) de colocar a cero el contador de los logros laborales con que la plantilla de una empresa cuenta al inicio de una negociación colectiva, en el momento en que tal petición adquiera el rango de ley, va a ser la medida que va a generar mayores repulsas, aunque sólo eso: repulsas; repulsas de gaseosa: ¡Ffffffffshshshshshsh! al principio, Fiuuuuuuuuuuuuu, a medida que los días vayan pasando: recuerden lo sucedido en Francia, ¡en Francia!, hace un par de meses.
La única verdad: cada vez se necesita menos factor trabajo, ¿quiénes necesitan cada vez menos factor trabajo?, quienes lo utilizan: las empresas para fabricar bienes, para elaborar servicios. Por un lado, las empresas necesitan menos factor trabajo: por un lado mueren empresas: las menos competitivas: desaparecen o son absorbidas, y sus restos reorganizados, y sus plantillas disminuidas: ¿qué reducción de efectivos humanos supondrá la reordenación de las Cajas de Ahorros?; por otro, el consumo disminuye: descenso del crédito, caída del consumo; por otro más, el offshoring, la externalización de actividades. Ya, queda la exportación: el reducto de generación de PIB que, según se dice, va a salvar a todas las economías de todos los futuros desastres, a todas, curioso, ¿no?: el consumo interno se admite que va a reducirse en casi-todas-partes, pero las exportaciones van a aumentar en todas-partes.
Vuelvo a donde estaba: partir de cero en el inicio de la negociación de un convenio colectivo. Pero, ¿se han dado cuenta de que nadie habla del fraude fiscal?; ¿han percibido que ni siquiera los sindicatos han relacionado ‘reforma laboral’ con ‘fraude fiscal’?. Piénsenlo, las empresas son, hoy por hoy, y admitida la reducción imparable de la dimensión de los Estados, los únicos entes ocupadores de mano de obra, de población activa, independientemente de su tamaño y del subsector en el que su actividad se encuadre; en consecuencia esos entes han de contar con las máximas facilidades posibles para que ocupen a la mayor cantidad de población activa que sea posible, al margen de tiempo de vigencia de esos contratos, al margen de condiciones, pronto al margen de derechos ya adquiridos, muy pronto al margen de discrepancias impositivas: recuerden el informe de la OCDE sobre ‘la economía española’: reducción de tipos impositivos a las grandes empresas (en España podría añadirse a las pymes).
En consecuencia, en una fase de necesidad decreciente del factor trabajo, ¿era procedente pensar que el factor trabajo iba a seguir contando con los mismos derechos?.
Pienso que lo que en España va a suceder es lo siguiente. La edad de jubilación no va aumentarse por ley, o sí, pero con tantísimas excepciones que será como si no; con ello los sindicatos podrán apuntarse un tanto (puramente simbólico: al final lo que cuenta es el monto total pagado en pensiones: si la pensión media desciende y sigue descendiendo, la posible prolongación de la edad efectiva de jubilación vendrá influida por las cotizaciones decrecientes de una cada vez más empobrecida juventud subempleada).
Bien, la edad de jubilación, pensaba, no va a aumentarse y, a cambio, los sindicatos -y los trabajadores- asumirán el abaratamiento del despido, la mayor facilidad de despido por razones económicas, el descuelgue se los convenios por razones coyunturales, y la puesta a cero del contador en las negociaciones de convenios en temas económicos cuando se den una serie de razones a determinar; convenios que cada vez tendrán un ámbito más individual.
Con esto se completará la primera fase de esa realidad a medio plazo planteada por M. Sarkozy: la facilidad necesaria para ‘tomar’ factor trabajo y utilizarlo -a los menores costes posibles, evidentemente-, y para ‘devolverlo’ al depósito en el que permanecerá parado, subempleado, infrautilizado, hasta que vuelva a ser necesario. (Atención: ‘depósito’, no ‘Ejército Industrial de Reserva’: un ejército está compuesto por individuos, en un depósito hay cantidad intercambiable de elementos)
‘¡Qué horror’!, se oye en la calle. Ya. Una vía alternativa es montar una revolución, lo que es complicado al margen de que las revoluciones sociales, hoy, no están de moda. La realidad es que la necesidad de factor trabajo disminuye a la vez que el trabajo disponible es el existente, por lo que, o se envía población a colonizar la Luna y Marte, o las empresas irán aumentando sus requerimientos para abaratar los costes laborales de los crecientemente menos numerosos trabajadores que vayan necesitando. A corto plazo la segunda opción parece más viable.
Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad d’Economía IQS. Universitat Ramon Llull.
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Como vemos, nos ofrece una visión sumamente negativa del futuro. El factor trabajo, como lo llama en fríos términos, es cada día menos necesario, y por tanto prescindible ya que siempre habrá gente que necesite trabajar, y lo hará cada vez por menos. Es claro que de alguna manera el poder intentará eliminar esta sobra de mano de obra, porque se le plantea un problema social grave. Nuestra esperanza de vida, de casi 80 años, se irá reduciendo paulatinamente en los próximos años. Con las reformas que se están haciendo (o las que están por llegar) no esperemos vivir 120, sino 60 o 70 años como mucho. Se trata de eso: la esperanza de vida está ligada al estado del bienestar. Ya sea, mediante el fomento de la emigración, o mediante la caída de la natalidad, nos harán ser menos en el futuro (eso, si no nos meten en una guerra o nos libramos de cualquier epidemia que pueda afectar el planeta). 
Otra cosa que se desprende del texto, es que una revolución, ¿para qué? No se puede cambiar nada. Según la lógica del capital-trabajo, es posible que no. Sobramos muchas manos para el trabajo que hay. Pero, ¿y si cambiamos el modelo productivo? ¿Y si el campo volviera a absorber a una parte importante de la población? Mientras tanto no nos podemos fiar de nuestros gobernantes o de la gran industria (y nunca han sido de fiar) que de alguna manera u otra intentarán reducir en breve la población. Es el escenario perfecto para un país de trabajadores desesperados, sin ninguna esperanza en un futuro mejor. 
La solución es clara, Socialismo o Barbarie

El Mundo árabe está en llamas: diálogo con un anarquista sirio

Las grandes revueltas que están sacudiendo el mundo árabe en Yemen, Argelia, Túnez y ahora Egipto han tomado a todo el mundo por sorpresa. Son, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos más relevantes de nuestro tiempo y están enviando un claro mensaje: no hay ningún lugar del mundo condenado a ser el juguete de un dictador con apoyo imperialista. Regímenes extraordinariamente autoritarios como el de Ben Ali se han mostrado completamente impotentes frente a un pueblo en lucha unido y con determinación. Quienes están llevando a cabo estas rebeliones son jóvenes, trabajadores, desempleados, los pobres, que están reconfigurando el rostro de la región, dando escalofríos a los mandamases en Washington y Tel Aviv. Ni todas las armas reunidas del régimen de Mubarak ni toda la ayuda militar estadounidense han podido frenar la extensión de la protesta. Los rebeldes están mostrando el poder del pueblo y de la clase trabajadora cuando se une, la capacidad política de la gente común y corriente para levantar organismos de poder dual con un claro instinto libertario y están demostrando al mundo que nos encontramos en una era de cambio revolucionario. Hemos sostenido un rápido diálogo con nuestro compañero y amigo Mazen Kamalmaz, de Siria, editor del blog anarquista árabe http://www.ahewar.org/m.asp?i=1385 que nos habla acerca de la importancia de este espléndido desarrollo político.

Extraído de anarkismo.net
Traducción al castellano por Manu García
 
1. Parece que toda una ola repentina de protestas masivas está sacudiendo los cimientos de longevos regímenes opresivos en el mundo árabe… ¿había indicios de que esto podía suceder?
Este es uno de los aspectos más interesantes de la ola revolucionaria que se está expandiendo por el mundo árabe, que llega cuando nadie la esperaba. Sólo unos días antes de las manifestaciones multitudinarias en Egipto, la Secretaria de Estado de los EEUU, Hillary Clinton, declaraba que el gobierno egipcio era estable, y ahora nada es estable en la región: las masas se encuentran de pie y todos los regímenes represivos se esperan lo peor. Hay cuestiones que comparten todos estos levantamientos, que pasaron inadvertidos a los regímenes, a los estadistas e incluso a los intelectuales, tales como la rabia que había ahí, escondida, silenciada por la represión de los Estados, la pobreza y el desempleo crecientes… pero los gobiernos, tanto locales como occidentales, pensaron que se podía mantener esta rabia bajo control… ahora sabemos lo equivocados que estaban.

2. ¿Cuál es la importancia de la salida de Ben Ali del gobierno de Túnez?
Este es tan sólo el primer paso de lo que está por venir. Supone el hecho de que el pueblo, el pueblo en lucha, puede desafiar a la represión y vencer. Es muy pronto para hablar sobre el desenlace final, todo es demasiado complejo aún, pero el pueblo ha conseguido ser consciente de su poder real y todavía está en la calle, de modo que la lucha aún se encuentra abierta a muchas posibilidades. 

3. ¿Por dónde se está extendiendo la revuelta? ¿qué países pueden experimentar rebeliones masivas?
Hoy podemos afirmar con seguridad que cualquiera podría ser el siguiente. Quizás Argelia, Yemen y Jordania sean candidatos firmes, pero debemos tener en cuenta que una revolución en Egipto tendría un impacto grandioso en la región, superando las peores pesadillas de los dictadores y de sus partidarios.

4. ¿Cuál sería la relevancia de una revolución en Egipto, el segundo mayor receptor de ayuda militar norteamericana en todo el mundo?
Egipto es el país más grande de Oriente Medio y su papel estratégico es muy importante. Es uno de los principales pilares de la política norteamericana hacia Oriente Medio. Incluso si el viejo régimen sobreviviera durante algún tiempo o si el nuevo régimen fuera pro-norteamericano, la presión de las masas será un factor a tener en cuenta de ahora en adelante. Resumiendo, los EEUU, el principal apoyo del régimen actual, se resentirá debido a la rebelión de las masas egipcias.

5. ¿Cuál está siendo el rol de los Hermanos Musulmanes en estas protestas? ¿y de la vieja guardia de la izquierda?
Un punto muy importante de estas manifestaciones y revueltas es que tuvieron un origen totalmente espontáneo e iniciado por las masas. Es cierto que los diferentes partidos políticos se sumaron más tarde, pero todo el proceso fue en gran medida una manifestación de acción autónoma por parte de las masas. Eso también vale para los grupos políticos islamistas. Quizás dichos grupos piensen ahora que las elecciones podrían llevarles al poder, pero con las masas en rebelión en las calles es difícil, dado que se negarán activamente a someterse de nuevo a otro poder represivo, pero incluso en el caso de que eso sucediera, el pueblo no aceptaría en esta ocasión ser sometido, mientras se mantenga fresca en la mayoría la memoria eufórica de las cotas de libertad que alcanzaron mediante su propia lucha. Ningún poder podría forzarles fácilmente a someterse de nuevo a algún tipo de régimen represivo.
Otra cosa que hay que tener en cuenta es que durante las revoluciones el pueblo es más receptivo a las ideas libertarias y anarquistas, y que la libertad es la idea hegemónica del momento, no el autoritarismo. Algunos de los grupos estalinistas solo representan el rostro más feo del socialismo autoritario… por ejemplo, el antiguo Partido Comunista de Túnez participó junto al partido dominante de Ben Alí en el gobierno formado tras la expulsión del propio Ben Alí. Otro grupo autoritario, el Partido Comunista de los Trabajadores de Túnez, participó activamente en las protestas, pero se manifestaron sus contradicciones: cuando Ben Alí escape llamó a crear consejos o comités locales para defender el proceso, solamente para retractarse poco después y llamar a crear un nuevo parlamento y gobierno. En Egipto es prácticamente lo mismo, hay grupos reformistas de izquierda, como el Partido de Unidad Progresista y algunos grupos revolucionarios de la izquierda autoritaria.
No puedo decir con exactitud cuál es el rol de los anarquistas y de otros libertarios -hay una creciente tendencia comunista consejista junto a ellos- debido a la falta de comunicación con nuestros compañeros allá, pero tengo que resaltar lo dicho antes: que estas revoluciones fueron hechas principalmente por las propias masas. En Túnez, los fuertes sindicatos locales jugaron un gran papel en las últimas fases de la revuelta.
Quiero hablar un poco más acerca de los comités locales creados por las masas, que son una de las manifestaciones más interesantes de su acción revolucionaria. Frente al pillaje iniciado sobre todo por la policía secreta, el pueblo creó dichos comités como instituciones realmente democráticas, como una competencia real al poder de las elites dominantes y de las instituciones autoritarias… en Egipto hay al día de hoy dos gobiernos; los comités locales y el gobierno de Mubarak que se esconde tras los tanques y los rifles de sus soldados. Esto está sucediendo en una región asolada por las dictaduras y el autoritarismo… eso es lo grandioso de las revoluciones, que transforman el mundo rápidamente. Eso no significa que la lucha esté ganada; por el contrario, esto significa que la lucha real acaba tan solo de comenzar. 

6. Para resumir, ¿cuál es su punto de vista sobre los acontecimientos? ¿qué piensa que simbolizan?
Es el comienzo de una nueva era, las masas se están levantando y su libertad está en juego, las tiranías tambalean… sin duda, estamos asistiendo al nacimiento de un mundo nuevo.

Extraido de http://www.klinamen.org

¿Dónde nos acabarán metiendo? El urbanismo unitario y su crítica en el medio situacionista



*Charla-debate con Javier Urdanibia, el viernes 26 de febrero a las 19 horas en Enclave de Libros, calle Relatores, 16 (metro: Tirso de Molina, Antón Martín y Lavapiés).

El Instituto del Tiempo abre sus puertas, ¡estáis invitados!
Desde este proyecto colectivo al que hemos bautizado Instituto del Tiempo, y que nace al calor de muchas e intensas conversaciones y algunos vinos, queremos animar la comunicación, el debate y la discusión, pues creemos que son herramientas que contribuyen a la agitación permanente, evitan el conformismo de lo ya sabido y nos invitan a abrir el máximo número de brechas posibles en el edificio que queremos derribar. No nos contentamos con la mera difusión de un mensaje, por radical que éste sea, sino que ansiamos el contagio colectivo de ese virus que es la revolución a todos los niveles y en todas las esferas. Pero para que esto se produzca es necesario ese trabajo previo de información, de investigación, de reflexión y de discusión. Y ahí es donde queremos incidir.
Aunque los actos que organice el Instituto del Tiempo adoptarán en su mayor parte (por una cuestión meramente práctica) el esquema de charla o ponencia, en el que una o varias personas expondrán su visión de diferentes temas, nuestro deseo es romper, en lo posible, el modo tradicional (horizontal) de transmisión del conocimiento. Queremos fomentar el intercambio de ideas, pensamiento y experiencias, y no la asimilación pasiva de datos que se pierden en el camino. Utilizaremos este blog para presentar materiales con los que introducir los temas a tratar, plantear interrogantes, abrir vías que inviten a la discusión o sugerir nuestro punto de partida. Cada cuál puede tomar lo que quiera y utilizarlo a su antojo. Aunque también advertimos que para nosotros no vale todo. Y, por supuesto, nos veremos en los diferentes actos que organicemos para charlar, aprender, discutir y, ¿por qué no?, construir...
El acto con el que abriremos las sesiones del Instituto del Tiempo será la conversación que tendremos el próximo 27 de febrero con Javier Urdanibia, que nos introducirá al urbanismo situacionista, partiendo tanto de su experiencia personal (pasó un año en París colaborando con Guy Debord) como de su conocimiento teórico. Tras la charla-debate, Lurdes Martínez, del Grupo Surrealista de Madrid, nos invitará a pasear por la cercana calle León de una forma distinta a la que solemos hacerlo, obervando detalles que pasan a menudo desapercibidos y que nos hablan de otro mundo y otras experiencias posibles y opuestas a las que impone la sociedad de consumo, para quizás descubrir que términos como «psicogeografía» no son mera palabrería sino algo que puede ser directamente experimentado y también utilizado, ¿para qué?, puede haber muchas respuestas, pero para nosotros éstas están claras.
Los situacionistas, en el epicentro de su ambicioso proyecto revolucionario, situaron cuestiones que fueron tratadas con una potencia y amplitud de programa escasamente visto entre grupos y organizaciones del medio radical. Entre estas cuestiones, el urbanismo (cuya respuesta situacionista fue el "urbanismo unitario" y la "pisicogeografía") partía de la constatación situacionista de que "la arquitectura es el medio más simple de articular el tiempo y el espacio, de modular la realidad, de engendrar sueños". De este modo, en ese proyecto revolucionario que, decían, estaba por llegar, "la arquitectura del mañana será un medio para modificar las condiciones actuales de tiempo y espacio. Un medio de conocimiento y un medio de acción". Hoy resulta pertinente repensar el urbanismo utópico, determinar si (acaso) otra ciudad es posible y, por último, discernir en qué medida parte de ese proyecto situacionista (escenarios móviles, zonas perturbadoras, juegos en torno al tiempo y el espacio, etc.) ha sido ya total o parcialmente integrado en las sociedades modernas.
No nos reivindicamos de ninguna «familia política» (nos aburren los árboles genealógicos y los pedigrís radicales), pero sí que nos reconocemos en una serie de experiencias del pasado que creemos necesario conocer, valorar, criticar y superar, extrayendo todo su significado y su potencial revolucionarios y echando a los perros aquello que ha sido recuperado y depauperado por el orden reinante y sus lacayos a sueldo. Ese es el caso de los situacionistas, antaño innombrables enemigos y hoy citados a mansalva en medios artísticos, académicos y culturetas. Pero, ¿significa esto que debamos desechar todo el legado situacionista? ¿Queda algo de esa experiencia que pueda servirnos para avanzar tanto en la crítica como en la acción?
La crítica del urbanismo es uno de los aspectos más desdeñados hoy en día del situacionismo, tachándosela a menudo de utópica, fantástica y fuera de la realidad. Es cierto que ha sido uno de los planteamientos de los situacionistas más fácilmente recuperables por artistas y arquitectos, pero ¿esa recuperación invalida el todo? ¿Qué aspectos son los que han propiciado ese reciclaje de las propuestas urbanísticas (a menudo algo vagas) de los situacionistas? ¿Tienen hoy la deriva o la psicogeografía algún potencial subversivo? ¿Puede el urbanismo unitario desprenderse de su tecnofilia y su ingenuidad y plantear una alternativa sólida? ¿Aportan todavía algo las ideas y conceptos situacionistas a la inmensa tarea de demolición de la ciudad y sus (inútiles) infraestructuras? Son sólo algunas de las preguntas que se nos vienen a la cabeza y que creemos interesantes para abrir un debate más allá de tópicos (situs sí/situs no), teniendo en cuenta, además, que la propia Internacional Situacionista condenó en numerosas ocasiones lo que había avalado tiempo atrás según iban modificándose su teoría y su práctica.

Dejamos aquí algunos términos relativos al urbanismo que aparecen definidos en el número 1 de la revista Internationale Situationniste y que son una invitación a profundizar más allá de lo que directamente quieren decir:

Psicogeografía: Estudio de los efectos precisos del medio geográfico, ordenado conscientemente o no, al actuar directamente sobre el comportamiento afectivo de los individuos.
Psicogeográfico: Relativo a la psicogeografía. Lo que manifiesta la acción directa del medio sobre la afectividad.
Psicogeógrafo: Que investiga y transmite las realidades psicogeográficas.
Deriva: Modo de comportamiento experimental ligado a las condiciones de la sociedad urbana; técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. Se usa también más específicamente para designar la duración de un ejercicio continuo de esta experiencia.
Urbanismo unitario: Teoría del empleo del conjunto de las artes y técnicas que concurren en la construcción integral de un medio en combinación dinámica con experiencias de comportamiento.



Bibliografía mínima:

Algunos textos situacionistas sobre urbanismo:



Algunos textos actuales que recogen la herencia situacionista centrándose en las cuestiones urbanísticas y la psicogeografía:



Algunos ejemplos de la absorción de los situacionistas por el urbanismo y el arte:



Una crítica, interesante en muchos aspectos, de la IS:



Y, por último, una muestra de cómo puede reducirse todo esto a pura anécdota y nadería: